Colors: Orange Color

Concluyó el XX Encuentro Latinoamericano de Responsables Nacionales de Pastoral Juvenil de Latinoamérica y El Caribe.

“Invitamos a todos a pasar de la presencia a la existencia”; este es uno de los propósitos de los asistentes al XX Encuentro Latinoamericano de responsables nacionales de pastoral juvenil de América Latina y El Caribe, consignado en el mensaje final del evento, efectuado del 18 al 23 de noviembre en Perú.

En el documento los jóvenes abogan por un acompañamiento de la Iglesia a la juventud que haga evidente su preocupación y cercanía como parte de ese deseo de vivir una comunión y participación plena de las nuevas generaciones en la misión pastoral de la Iglesia.

Igualmente reconocen la necesidad de una Iglesia que opta por un trabajo intergeneracional que admite a los adultos mayores y a los jóvenes, entendiendo la diversidad de sus dones y carismas y atiende al proceso de reflexión y discernimiento que responde al llamado que Dios hace a cada persona.

“Queremos vivir una Iglesia que camina y decide junta” es el deseo manifiesto de los jóvenes en el mensaje final de este XX Encuentro Latinoamericano de Responsables Nacionales de Pastoral Juvenil de Latinoamérica y El Caribe en el que expresan su firme adhesión al Papa Francisco, poniéndose al servicio de los demás, superando las diferencias, reconociendo sus límites y apostando por sus fortalezas.

“Con el Papa Francisco estamos interpelados a mirarnos críticamente, poniéndonos en estado de misión, para sentirnos primavera”. Afirma el documento.

Igualmente se reconocen como protagonistas de la historia y realidad de sus países desde los ámbitos políticos, culturales, étnicos, culturales y espirituales, confiando plenamente en la transformación que Dios opera en nuestra vida y en el mundo.

Finalmente, desde su rol de jóvenes, asesores, laicos, religiosos y Obispos en diferentes lugares de América Latina y El Caribe se comprometen a hacerse cargo del presente sintiéndose amados por Cristo y renovados por su Espíritu, llenos de la pasión por el anuncio del evangelio, comprometiéndonos como constructores de un gran futuro, soñando cada día más que juntos podemos, como iglesia joven saliendo a la calle, edificar la civilización del amor.

El Papa Francisco escribe una carta a los sacerdotes recordando el 160° aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, patrono de todos los párrocos del mundo. Una carta que expresa aliento y cercanía  a los “hermanos presbíteros, que sin hacer ruido, ‘lo dejan todo’ para estar empeñados en el día a día de sus comunidades, a los que trabajan en la ‘trinchera’, a quienes ‘dan la cara’ cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado”. “Me dirijo a cada uno de Ustedes – escribe el Papa - que tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal”.

La carta papal se abre con una mirada al escándalo de los abusos: “En estos últimos tiempos hemos podido oír con mayor claridad el grito, tantas veces silencioso y silenciado, de hermanos nuestros, víctimas de abuso de poder, conciencia y sexual por parte de ministros ordenados”. Francisco explica que “sin negar y repudiar el daño causado por algunos hermanos nuestros sería injusto no reconocer a tantos sacerdotes que, de manera constante y honesta, entregan todo lo que son y tienen por el bien de los demás”. “Son innumerables – precisa el Papa - los sacerdotes que hacen de su vida una obra de misericordia en regiones o situaciones tantas veces inhóspitas, alejadas o abandonadas incluso a riesgo de la propia vida”. El Pontífice les agradece “el valiente y constante ejemplo” recordando que  “los tiempos de purificación eclesial que vivimos nos harán más alegres y sencillos y serán, en un futuro no lejano, muy fecundos. ¡No nos desanimemos!”,  les dice el Pontífice, porque El Señor está purificando a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a Sí. Nos permite experimentar la prueba para que entendamos que sin Él somos polvo”.

La segunda palabra clave es “gratitud”. El Santo Padre recuerda que “la vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor”. Retomando la enseñanza de un maestro de vida sacerdotal de su país natal, el Papa exhorta “a volver a esos momentos luminosos en que experimentamos el llamado del Señor a consagrar toda nuestra vida a su servicio”, a aquel “sí” crecido “en el seno de una comunidad cristiana”. “En momentos de tribulación, fragilidad, así como en los de debilidad y manifestación de nuestros límites, cuando la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación  fragmentando la mirada, el juicio y el corazón”, es “crucial”, explica Francisco, no sólo no perder la memoria agradecida del paso del Señor por nuestra vida que nos invitó a jugárnosla por Él y por su Pueblo”. “El agradecimiento siempre es un “arma poderosa”. Sólo si somos capaces de contemplar y agradecer concretamente todos los gestos de amor, generosidad, solidaridad y confianza, así como de perdón, paciencia, aguante y compasión con los que fuimos tratados, dejaremos al Espíritu regalarnos ese aire fresco capaz de renovar (y no emparchar) nuestra vida y misión”.

El Papa agradece a los hermanos sacerdotes  por la “fidelidad a los compromisos contraídos. Es todo un signo que, en una sociedad y una cultura que convirtió  ‘lo gaseoso’ en valor, existan personas que apuesten y busquen asumir compromisos que exigen toda la vida”. “Gracias por la alegría con la que han sabido entregar sus vidas” – continúa diciendo el Papa – “por buscar fortalecer los vínculos de fraternidad y amistad en el presbiterio y con vuestro obispo”. “Gracias por el testimonio de perseverancia y 'aguante' (hypomoné) en la entrega pastoral que tantas veces, movidos por la parresía del pastor nos lleva a luchar con el Señor en la oración, como Moisés en aquella valiente y hasta riesgosa intercesión por el pueblo”. “Gracias, por celebrar diariamente la Eucaristía y apacentar con misericordia en el sacramento de la reconciliación, sin rigorismos ni laxismos, haciéndose cargo de las personas y acompañándolas en el camino de conversión”

El Papa agradece también por ungir y anunciar a todos, "con ardor”. “Gracias por las veces en que, dejándose conmover en las entrañas, han acogido a los caídos, curado sus heridas...” “Nada urge tanto como esto: proximidad, cercanía, hacernos cercanos a la carne del hermano sufriente.

“¡Cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote que se acerca y no le huye a las heridas de sus hermanos!”

El corazón del pastor, afirma el Santo Padre, es aquel “que aprendió el gusto espiritual de sentirse uno con su pueblo; que no se olvida que salió de él… con “un estilo de vida austera y sencilla, sin aceptar privilegios que no tienen sabor a Evangelio”. El Papa invita a dar gracias también “por la santidad del Pueblo fiel de Dios” expresada en los “padres que cuidan con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo”.

La tercera palabra es “ánimo”. El segundo deseo expresado por el Papa es “acompañarlos a renovar nuestro ánimo sacerdotal, fruto ante todo de la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas”. “La misión a la que fuimos llamados no entraña ser inmunes al sufrimiento, al dolor e inclusive a la incomprensión; al contrario, nos pide mirarlos de frente y asumirlos para dejar que el Señor los transforme y nos configure más a Él”. Un buen 'test' para conocer cómo está el corazón de pastor, dice Francisco, “es preguntarnos cómo enfrentamos el dolor.” Muchas veces se puede actuar como el levita o el sacerdote de la parábola que dan un rodeo e ignoran al hombre caído, otras veces “se acercan mal, lo intelectualizan refugiándose en lugares comunes: ‘la vida es así’, ‘no se puede hacer nada’, dando lugar al fatalismo y la desazón; o se acercan con una mirada de preferencias selectivas que lo único que genera es aislamiento y exclusión”.

El Papa señala otra “actitud sutil y peligrosa”, que Bernanos definió “el más preciado de los elixires del demonio”, es decir, “una tristeza dulzona, que los padres de Oriente llamaban acedia”. “La tristeza que paraliza el ánimo de continuar con el trabajo, con la oración”,  que “vuelve estéril todo intento de transformación y conversión propagando resentimiento y animosidad”.  “Pidamos y hagamos pedir al Espíritu que "venga a despertarnos, - afirma el Papa - a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos las costumbres, abramos bien los ojos, los oídos y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado”.

La última palabra  propuesta en la carta es “alabanza”. Es imposible hablar de gratitud y aliento sin contemplar a María que “nos enseña la alabanza capaz de abrir la mirada al futuro y devolver la esperanza al presente”. Porque Mirar a María “es volver a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño”. Por ello, concluye el Papa, “si alguna vez nos sentimos tentados de aislarnos y encerrarnos en nosotros mismos y en nuestros proyectos protegiéndonos de los caminos siempre polvorientos de la historia, o si el lamento, la queja, la crítica o la ironía se adueñan de nuestro accionar sin ganas de luchar, de esperar y de amar…  miremos a María para que limpie nuestra mirada de toda “pelusa” que puede estar impidiéndonos ser atentos y despiertos para contemplar y celebrar a Cristo que Vive en medio de su Pueblo”

Hermanos, concluye el Papa, “dejemos que sea la gratitud lo que despierte la alabanza y nos anime una vez más en la misión de ungir a nuestros hermanos en la esperanza. A ser hombres que testimonien con su vida la compasión y misericordia que sólo Jesús nos puede regalar”.

Pie de foto

La carta de Francisco en el 160° aniversario de la muerte del Cura de Ars: apoyo, cercanía y aliento a todos los sacerdotes que no obstante las fatigas y desilusiones celebran cada día los sacramentos y acompañan al pueblo de Dios.

Fuente: Vatican News

El 4 de agosto la Iglesia celebra a San Juan Bautista María Vianney o Cura de Ars, por el nombre del pueblo en Francia donde sirvió por muchos años.

Es el patrono de los párrocos y se le considera un gran confesor, tenía el don de profecía, recibía ataques físicos del demonio y vivió entregado a la mortificación y la oración.

Este año se celebran los 201 años de su ordenación sacerdotal que se realizó el 13 de agosto de 1815. Su gran amor por la salvación de las almas lo llevaba a pasar muchas horas en el confesionario donde arrebata varias almas al demonio.

Era desprendido de las cosas materiales, al punto que dormía en el suelo de su cuarto porque regaló la cama. Comía papas y de vez en cuando un huevo hervido. Solía decir que “el demonio no le teme tanto a la disciplina y a las camisas de pelo; lo que realmente teme es a la reducción de comida, bebida y sueño".

Una vez el demonio hizo temblar su casa por 15 minutos, en otra ocasión quiso sacarlo de la Misa e incendió su cama, pero el santo mandó a otras personas a apagar el fuego y él no dejó el altar. Por horas el enemigo hacía ruidos para no dejar dormir al santo, y hasta le gritaba debajo de la ventana: "Vianney, Vianney come papas".

Una de las secuelas de la revolución en Francia, fue la ignorancia religiosa. Para remediar esta situación el Santo pasaba noches enteras en la pequeña sacristía componiendo y memorizando sus sermones, pero al no tener muy buena memoria, le costaba retener lo que escribía.

Instruía a los niños en el catecismo y luchó para que la gente no trabajara o estuviera en las tabernas los domingos. En una de sus homilías dijo que "la taberna es la tienda del demonio, el mercado donde las almas se pierden, donde se rompe la armonía familiar”. Poco a poco logró que la taberna se cierre y que gente se acercar a Dios.

Su popularidad fue creciendo y llegaban miles de personas al pueblo de todas partes para confesarse con él. Más adelante se concedió al pueblo el permiso de construir una Iglesia, lo que garantizaría la permanencia del santo. Su tierno amor por la Virgen María llevó a que consagre su parroquia a la Reina del Cielo.

A las 2 a.m. del sábado 4 de Agosto de 1859, el Santo cura de Ars partió a la Casa del Padre. Fue canonizado en la fiesta de Pentecostés de 1925 por el Papa Pío XI.

Redacción ACI Prensa

 

El Santo Padre recibió en Audiencia a los miembros de la Liga Nacional Italiana de Aficionados, organización que agrupa a diversos Comités Regionales de fútbol en sus diversas modalidades, sea masculino como femenino, Liga que congrega a más de 12 mil asociaciones en todo el territorio italiano, con más de 1 millón de afiliados.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Mantengan la alegría de jugar y difúndanla entre quienes les observan o les alienten; sean conscientes que el estilo con el que afrontan el deporte es un modelo para sus compañeros y puede afectar, positivamente o no, en su forma de actuar”, lo dijo el Papa Francisco a los participantes en el Encuentro promovido por la Liga Nacional de Aficionados de fútbol de Italia, a quienes recibió este lunes, 15 de abril, en la Sala Clementina del Vaticano.

Compromiso educativo y formativo con los jóvenes

En su discurso, el Santo Padre resaltó la “gran pasión” por el fútbol de los miembros de esta Liga Nacional, pasión que al mismo tiempo se convierte en una ocasión de entrenamiento, crecimiento interpersonal y maduración individual. “La celebración del 60º Aniversario de vuestra fundación – señaló el Pontífice – les inspire gratitud, confirme vuestras intenciones y los permita comprender las valiosas enseñanzas del camino que han recorrido hasta ahora. Comprometidos en coordinar y animar a muchas realidades locales con torneos, campeonatos y un gran número de iniciativas relacionadas, la Liga Nacional de Aficionados desempeña un papel importante en la sociedad italiana, especialmente en lo que se refiere a los jóvenes, con quienes está comprometido su trabajo educativo y formativo, que merece ser apreciado y fomentado”.

Debemos tener claras nuestras metas

Asimismo, el Papa Francisco haciendo referencia al contexto cultural y social en el cual vivimos, con sus rápidas transformaciones y desafíos y el fuerte impacto que tiene sobre los jóvenes, dijo que este ambiente nos empuja a “correr sin detenernos”, detrás de una aparente satisfacción que nos deja vacía el alma y sin un objetivo claro, es decir, nos “hace falta el gol”. Al contrario, alentó el Santo Padre, debemos esforzarnos por tener claras nuestras metas y esto, dijo, no significa que se tiene que vencer siempre, sino que debemos de tener claro a donde estamos yendo y a donde nos llevan nuestros esfuerzos.

El deporte, gimnasio para la vida

“El deporte – precisó el Pontífice – al que dedican tanto tiempo y energía, es un formidable campo de entrenamiento en este camino, porque requiere no sólo capacidad técnica, sino también entrenamiento y determinación, gran paciencia y aceptación de las derrotas, espíritu de equipo y voluntad de trabajar con los demás, así como la capacidad de ser feliz y positivo. Son muchas las cualidades que deben estar presentes en un buen jugador – subrayó el Papa – porque de poco valdría la pena saber cómo golpear bien el balón o superar a los adversarios, si después no se pudiera discutir tranquilamente con el árbitro o con los adversarios, o no se aceptara haber fallado un penal o una atajada”.

Dominio de sí y cuidado de la vida espiritual

En este sentido, el Papa Francisco señaló que, la Liga Nacional de Aficionados de fútbol promueve la lealtad deportiva y el respeto de las reglas, un una palabra el “juego limpio”, leal y correcto, vivido con intensidad pero con gran respeto por el adversario y para esto se necesita un buen dominio de sí, dominio que se adquiere con un entrenamiento interior y el cuidado de la vida espiritual. Citando a un estudioso (J. Huizinga, Homo ludens, Einaudi 1973) que ha analizado el valor del juego en la civilización humana, el Santo Padre dijo que, desde siempre se ha practicado el deporte, poniendo en acto una especie de teatro con reglas claras y precisas, donde se realiza la competición pero sin nadie se haga daño.

Mentalidad solidaria y objetivos claros

Finalmente, el Papa Francisco animó a los deportistas de la Liga Nacional a tener un espíritu de solidaridad, a través de una "participación activa en el desarrollo de la vida social y cultural de la comunidad". Esto significa tender la mano a los que han caído o sufrido una falta; significa no denigrar a los que no sobresalen, sino tratarlos con igualdad; significa comprender que el campeonato no comienza si se está solo, y que incluso en nuestra sociedad sólo se puede salvar juntos, mientras que se pierde si se deja de lado a los que son más débiles y se sienten como un residuo. Comentando el Evangelio de Mateo donde Jesús dice que “los últimos serán los primeros”, el Pontífice explicó que, “Jesús ciertamente no quiere decir que debemos tratar de perder, sino simplemente que debemos amar y hacer todo con una mirada de bondad sobre las personas y las situaciones. Esto significa, por lo tanto, hacerse últimos, aprendiendo a ver la belleza incluso en las cosas más pequeñas y tratar de aceptar nuestros límites con serenidad”.

Fuente: Vatican News