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Mié, Jul

Reflexiones a raíz de la muerte de Berta Cáceres

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Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz.

El asesinato de Berta Cáceres, mujer empeñada en defender los derechos del pueblo indígena y su entorno natural, trajo a la memoria a muchos líderes indígenas y pobres asesinados por defender sus recursos naturales. Este hecho ha detonado en la conciencia nacional la crudeza de un problema no resuelto: la inseguridad, la ficción del derecho a la vida, pues al mismo tiempo que se entierra a alguien con rostro y nombre, se asesina a personas anónimas, sin rostro, ni nombre, comunes y corrientes pero cuya vida también es sagrada y valiosa.

Según estudios del Observatorio de la violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras se registraron más de 700 masacres en los últimos seis años, casi todas han quedado en la oscuridad. ¿Será éste el futuro de nuestro país?. ¿Seguiremos enterrando jóvenes, reprimiendo el llanto, consolando victimas, aumentando impotencias, cargando miedos, llenándonos de inseguridad, encerrándonos en la indiferencia y proclamando la fatalidad de una vida sin salida?.

¿Seguirá siendo un delito defender los recursos naturales y los bienes de los pueblos originarios?. ¿Tendremos que pagar con vidas humanas la custodia de los bienes de la creación, que pertenecen a todos y que unos pocos desean apropiárselos?. ¿Por qué tenemos una sociedad tan violenta? ¿Se estará confirmando el estigma que los hondureños somos violentos? ¿O existen otras explicaciones?.

Estamos pagando el precio por tantos años de corrupción que avalaba la impunidad y se sentía orgullosa de ayudar a la prepotencia de los operadores de la muerte que quebró totalmente el sistema de justicia hasta volverlo inservible, desacreditado, anulado e incapaz de aplicar justicia en el país y abrió el camino para que el crimen penetrara en el gobierno, la policía, la fiscalía, los jueces haciendo que dejara de funcionar el Estado.

Durante muchos años, parte del territorio quedó sin gobierno, sin justicia, sin presencia de las instituciones del Estado, dejando el poder en manos de quienes se aprovecharon del ejercicio de la violencia criminal para atemorizar a la población sembrando el miedo que favoreció la impunidad.

Fuimos permitiendo y hasta admirando a quienes obtienen el pan con el sudor y hasta con la vida del otro y que la riqueza deslumbrante de unos pocos se amasara con el dolor, amargura, sufrimiento, sangre de muchos y que la disfrutaran sin ningún remordimiento ni conciencia del mal ni del daño que hacían.

Aceptamos tranquilamente que es beneficioso pertenecer a una sociedad que privilegia a unos pocos en contra de las mayorías y lamentablemente muchos desean ser parte de los pocos: los corruptos, las personas que pertenecen al crimen organizado y los narcotraficantes. Este modelo impulsa a conseguir privilegios a costillas de muchos.

El afán de poder y de riqueza ha degradado a la sociedad quitando todo respeto por la vida y la dignidad de los demás, instaurando una sociedad dividida y fragmentada, una familia en declive y quitando del horizonte todo sueño de paz y armonía entre la población sustituyéndola por el miedo, el temor, la inseguridad, la desconfianza y la pérdida de credibilidad en el sistema.

La gravedad de la situación es tan alta que con vergüenza tenemos que admitir que la comunidad internacional fija con preocupación su mirada sobre nuestra nación, casi exigiendo un cambio radical de rumbo que lleve a fortalecer las instituciones, pero sobre todo a buscar un modelo de desarrollo que desde la satisfacción de las necesidades colectivas logre la armonía con la naturaleza, con los otros, con nosotros mismos y con Dios.

La población y las circunstancias piden a gritos cuerpos de investigación transparentes, veraces, que con prontitud y apegados a la verdad descubran los hilos ocultos de la maldad. Una policía limpia, sin contubernios con quienes siembran la muerte. Su depuración real y profunda ya no puede esperar más. Es un desafío primordial su profunda transformación para recuperar la credibilidad en los cuerpos policiales como garantes de la seguridad ciudadana.

La idea de un desarme general debe volver al seno y agenda del Congreso. No se pueden tener tantos cuerpos policiales en el país: Policía Nacional, Policía Privada, policías individuales. Cada persona que porta armas pierde el control con la intención de prevenir el crimen sin contar a otras que se dedican a él. Solo el Estado debe portar armas en circunstancias especiales.

El Estado debe dar pruebas fehacientes de ser el principal defensor de los derechos humanos, garantizando la vida de quienes promueven el cuidado de la vida, la defensa de la naturaleza y de un ambiente sano. “La grandeza política se muestra cuando en momentos difíciles se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo” (Laudato Si, no. 178).

Es urgente:

  • Que las instituciones públicas cumplan con la labor de prevenir y reprimir el delito, ya que la impunidad genera una cultura de la “imitación”, porque muchos ciudadanos ven el delito rentable y de poco riesgo. El incumplimiento de las leyes favorece una sociedad violenta.
  • Generar procesos educativos a largo plazo comenzando por la primera infancia que propicie una cultura de paz, que eduque para la convivencia, el consenso, el dialogo, la búsqueda del bien común, el respeto a la vida y al ambiente.
  • La apertura a un dialogo sin oportunismos ni intereses privados ni motivos partidistas, como nos dice el Papa Francisco, un diálogo que una a todos porque los desafíos de seguridad, de justicia, pobreza y ambiente nos interesan e impactan a todos.

Muchos esfuerzos se van intentando para lograr que la seguridad vuelva a la población, que el derecho se imponga, que la impunidad desaparezca, que la vida y los derechos de las personas sean respetados. Los logros aunque pequeños generan esperanza. Sin embargo, tenemos que admitir que el camino para establecer una cultura de paz, defensa de la vida y de la naturaleza es un proceso largo y costoso en vidas y en recursos.

Como pueblo debemos trabajar para establecer una democracia verdaderamente representativa, con líderes políticos que den el ejemplo para construir un modelo ciudadano de convivencia, que impulsen instituciones fuertes, que se dirijan bajo el manto de la ley. Las elecciones de dedo y líderes fabricados artificialmente conducen a la anarquía política, a una convencía en una tierra de nadie y donde la ley del más fuerte se impone. Si no hay un cambio de rumbo, los operadores de la muerte serán más astutos que los defensores de la vida.

Tegucigalpa MDC, 11 de Marzo de 2016.

Imagen tomada de elsoldesantiago.com