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En nuestra asamblea dominical resuena el llamado urgente y rotundo de Jesús: “si no se convierten, todos perecerán” (Lc 13,5). Pero Él no quiere que nadie perezca sino que todos alcancemos la salvación y tengamos vida plena.

 

La llamada a la conversión es constante: resuena en la predicación profética: “Oráculo del Señor. Conviértanse de todos sus pecados y el pecado dejará de ser su ruina. Aparten de ustedes todos los pecados que han cometido contra mí, renueven su corazón y su espíritu” (Ez 18,30-32). Se escucha en la predicación de Juan Bautista: “Conviértanse  porque está llegando el Reino de los Cielos” (Mt. 3,2). Forma parte de la Buena Nueva del Reino de Dios que Jesús proclama: “el plazo se ha cumplido. El Reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el evangelio” (Mc. 1,15). Y es la invitación que hace Pedro a quienes escuchan su anuncio de Jesucristo muerto y resucitado: “arrepiéntanse y conviértanse para que sean borrados sus  pecados” (Hch. 3,19).

 

La conversión se inicia como un movimiento de vuelta al Señor y de adhesión a Él, continua como un seguimiento fiel y permanente de su persona y se despliega como un cambio, una transformación integral del creyente de sus pensamientos, sentimientos y comportamientos.

Este movimiento implica al mismo tiempo un alejamiento progresivo del pecado, de lo que nos aparta de Dios y de su voluntad y un ir dando muerte, en nosotros a las raíces y tendencias de nuestras inclinaciones pecaminosas (Rom 8,12-14).

 

Esta decisión fundamental de ruptura con el pecado y de adhesión a Jesucristo marca toda la vida y la va configurando progresivamente en todos sus aspectos según el estilo de vida del Señor. Estamos llamados a la plenitud de la santidad y no podemos contentarnos con una vida cristiana mediocre y rutinaria que ni llena de alegría nuestra existencia ni atrae a otros al seguimiento de Jesús. “De los que viven en Cristo se espera un testimonio  muy creíble de santidad y compromiso. Deseando y procurando esa santidad no vivimos menos, sino mejor, porque cuando Dios pide más es porque está ofreciendo mucho más” (DA 352).

 

Inspirados en Aparecida, podemos hablar de tres dimensiones de la conversión: personal, comunitaria y pastoral. Una comunidad en estado permanente de conversión personal es aquella en la que los fieles que la forman viven con gozo y entusiasmo su condición de discípulo misioneros, modelan su estilo de vida imitando el modo de vida de Jesucristo, se alimentan con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, se aman unos a otros de palabra y de obra, se arrepienten sinceramente de sus pecados y van dando muerte a las obras y tendencias del egoísmo, la soberbia y la injusticia, la corrupción y la violencia.

 

En la medida en que cada uno de los fieles cristianos vive una auténtica conversión, la comunidad se va renovando y se crea un clima que despierta el deseo de una vida espiritual y apostólica intensa y favorece un comportamiento digno del nombre de cristianos. La mayor riqueza de una comunidad son las personas convertidas, las personas santas. Estas personas irradian luz, bondad, santidad y atraen a otros en esa misma dirección.

 

Surge así un ambiente comunitario de conversión, en el que se respira el aire puro del espíritu y se renueva la voluntad y los ideales de la santidad cristiana. Alcanzamos así ese modelo de Iglesia en proceso de conversión comunitaria creciente y dinámica. Es la comunidad en cuanto tal la que ha de vivir esa tensión espiritual del alejamiento del pecado y de la comunión con Cristo y en Cristo, la que debe renovarse constantemente en su vida y en su ardor misionero para madurar en el seguimiento de Jesús y en la pasión por anunciarlo.

 

Aparecida señala una nueva dimensión cuando nos dice que “obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud permanente de conversión pastoral” (DA 366). Una comunidad en actitud permanente de conversión se revitaliza en el mismo ejercicio de la pastoral, renueva su pastoral y reforma sus estructuras y medios de pastoral. La conversión pastoral es promovida y motivada en y por el mismo ejercicio de la acción pastoral. Muchos cuestionamientos y cambios nacen de la misma acción evangelizadora, catequética y caritativa, etc.

 

La relación con las persona y con las situaciones, la reflexión sobre la acogida o el rechazo, las facilidades o resistencias, la fecundidad o esterilidad de nuestro trabajo pastoral nos llevan a preguntarnos si estamos haciendo lo mejor aquí y ahora, si debemos cambiar los métodos, elegir otras prioridades o renovar las estructuras.

 

Una comunidad en estado permanente de conversión pastoral practica un discernimiento de lo que está haciendo, analiza los cambios socio-culturales que se están dando, busca las líneas pastorales que mejor incidan en la transformación evangélica de la nueva realidad y se sirve de la estructura y medios más adecuados a los fines pastorales que se quieren alcanzar.

 

Es lo que deseamos lograr con la ejecución del “Plan 2019”.

 

 

 

+ Ángel Garachana Pérez, CMF

Obispo de San Pedro Sula

“Misionero obispo – obispo misionero”

 · Me defino a mí mismo como “misionero obispo”. Esto soy por gracia de Dios y mediación de la Iglesia y así quiero comportarme.

 · El misionero obispo no nace, lo hacen y se hace. ¿Cómo me he ido haciendo? ¿Cuál ha sido la trayectoria, el itinerario que me ha llevado a lo que ahora soy, obispo misionero? Es lo que quiero compartir con ustedes en esta “Cena de pan y vino” en favor de las obras sociales claretianas del sector Rivera Hernández en San Pedro Sula.