El abrazo es signo de amistad o de perdón. Se abrazan los que se aman, se abrazan los que se reconcilian. Para Jesús, Dios es el “Padre bueno” que nos abraza a nosotros, hijos pródigos o hijos cumplidores de la ley sin amor. Y nos abraza como signo elocuente de su amor entrañable y misericordioso.

La parábola del “Padre bueno” es la mejor imagen y explicación de quién y cómo es Dios que Jesús nos da. Así sentía Jesús a Dios y así nos lo da a conocer. ¿Qué experimentamos nosotros al leer o escuchar hoy esta parábola? ¿Nos sentimos amados, perdonados, acogidos por Dios? ¿Creemos de corazón que nosotros pecadores somos aceptados y queridos así por Dios? ¿O no acabamos de creérnoslo?

Dejémonos abrazar por Dios. “Dejémonos reconciliar con Dios” (2Cor 5,21). El proceso del “perdón pedido y dado” comienza aquí, en sabernos perdonados por Dios Padre en Cristo y experimentar la paz, la alegría la trasformación que dicho perdón trae consigo.

Perdonados por Dios, nos perdonamos a nosotros mismos, nos aceptamos a nosotros mismos con nuestras debilidades, egoísmos, agresividades, pecados. Nos cuesta vernos pecadores y aceptarnos sin perder la esperanza o caer en la insensibilidad moral. No queremos el pecado pero, reconocido y perdonado, lo convertimos en motivo de humildad y agradecimiento.

Reconocido y aceptado nuestro pecado, queremos y buscamos eficazmente la reconciliación, pedimos perdón a quienes nos han ofendido. No buscamos excusas ni justificaciones  sino restaurar el amor y la verdad. Pedir perdón no es “rebajarnos”, perder nuestros derechos, ser menos personas. Al contrario, quien es capaz de pedir perdón indica que ha alcanzado una gran madurez humana y cristiana.

Abrazados por Dios, Padre bueno, nos lleva a abrazar a quienes nos han ofendido, perdonados aprendemos a perdonar, compadecidos nos hacemos compasivos, reconciliados asumimos el compromiso de la reconciliación. El perdón es un acto de la libertad, que, movida por el Espíritu, no devuelve ofensa por ofensa o mal por mal, sino que permanece en el amor. La ofensa nos duele, nos hiere y desconcierta pero no dejamos que nos domine el odio, el rechazo, la agresividad o la indiferencia. A ejemplo del Padre que nos ha perdonado y reconciliado en Cristo, queremos vencer el mal a fuerza de bien.

Al evaluar el caminar de nuestra Iglesia diocesana en los seis últimos años y marcar las orientaciones para el próximo sexenio no queremos hacerlo con una actitud de “autoreferencialidad” que nos cierre en nosotros mismos, en el orgullo por lo bien logrado o en el desaliento por lo mal logrado. Lo realizaremos arraigados en el amor primero y misericordioso de Dios que nos acoge, abraza y acompaña en todo momento y tramo de nuestro recorrido; y lo viviremos como una experiencia de comunión fraterna, de acogida respetuosa, de perdón mutuo, de caminar solidario y de reconciliación, gozosa y agradecida, con Dios y entre nosotros mismos.

Esta es la alegría de Dios: ver a sus hijos sentados en la misma mesa, compartiendo un banquete festivo, disfrutando de la fraternidad, por encima de enfrentamientos, divisiones, rechazos y condenas.

 

+ Ángel Garachana Pérez, CMF

Obispo de San Pedro Sula