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Dom, Sep

Testimonio de un obispo y misionero. Monseñor Ángel Garachana

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“Misionero obispo – obispo misionero”

 · Me defino a mí mismo como “misionero obispo”. Esto soy por gracia de Dios y mediación de la Iglesia y así quiero comportarme.

 · El misionero obispo no nace, lo hacen y se hace. ¿Cómo me he ido haciendo? ¿Cuál ha sido la trayectoria, el itinerario que me ha llevado a lo que ahora soy, obispo misionero? Es lo que quiero compartir con ustedes en esta “Cena de pan y vino” en favor de las obras sociales claretianas del sector Rivera Hernández en San Pedro Sula.

 · Desde niño quería ser sacerdote misionero, como un misionero de mi pueblo. Los niños, a su modo y manera, también saben lo que quieren. A mí me proponían otras vocaciones y yo dije que no, porque no respondían a lo que yo quería. En el seminario menor, entre los 14 y 18 años, me entusiasmaba cuando nos visitaban famosos misioneros claretianos. Recuerdo entre otros al P. Erice misionero entre los indios Kunas de Panamá y al P. Galdácano, misionero en Japón.

 · Cuando en el noviciado, antes de la primera profesión religiosa, me preguntaron qué quería ser, respondí que misionero claretiano. Iba a cumplir 20 años.

 · Y ese ideal y entusiasmo misionero es el que me motivó, inspiró y orientó durante los cuatro años de formación filosófica en Sto Domingo de la Calzada (La Rioja) y los cuatro de teología en Roma y Salamanca. De manera que, un mes antes de mi ordenación sacerdotal, cuando el Superior Provincial me preguntó dónde quería ser destinado, le respondí: “a los misiones de Honduras o Panamá de la Pronvinai Claretiana de Castilla”. “Irás a Honduras”, me respondió.

 · Y es así como en octubre de 1972, llegaba a San Pedro Sula, con mi título académico de licenciado en teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, con unas ganas inmensas de realizar mi vocación de misionero claretiano y bajo el cuidado y orientación de quien me quiso como un padre, el P. Cruz Ripa.

 · Al día siguiente de llegar, empapado el cuerpo de sudor por aquel novedoso calor tropical pero con voluntad clara y decidida me dije: “estoy en Honduras. Tengo que hacerme hondureño”. No dije “catracho” porque entonces no sabía yo de esa nomenclatura. Y por primera vez en mi vida comí las tortillas de maíz que me hizo Doña Lilian de Mena.

 · Tres años de misionero, como vicario, en la extensísima y nueva parroquia de Guadalupe y consiliario diocesano de Cursillos de Cristiandad. Aunque, la verdad, empecé de viceconsiliario.

 · Y como he sido entusiasta misionero, pero no alocado misionero, me dije: “Ángel, practica lo que has leído y aprendido sobre las actitudes del buen misionero”.

o Lo primero amar, querer a las personas, la cultura, los lugares donde estás, con lo bueno y no tan bueno que tengan. Sin amor no hay misionero.

o Y segundo, conocer por experiencia la realidad a la que has sido enviado. Y para conocer comprendí que el camino era: ver con ojos limpios, sin prejuicios, la realidad; escuchar a las personas y a la historia de este pueblo y pensar, reflexionar lo que veía y escuchaba. Ver, escuchar, pensar me resultó buen método de aprendizaje misionero. Tres años felices que me marcaron para siempre, con “marca país”.

 · Como muchos de ustedes saben, especialmente los de avanzada edad como la mía, fui a España de vacaciones a finales de Junio de 1975 con la intención de volver a Honduras a los tres meses. Pero no volví. Me quedaron en España. Mis superiores me dejaron en España como formador de los seminaristas claretianos.

 · El Superior Provincial me alababa ante los jóvenes formandos claretianos diciéndoles que el nuevo formador tenía una “fuerte experiencia apostólica”. Luego, los jóvenes, que fácilmente buscan la parte humorística, me decían que el Superior les había dicho que tenía la “FEA”, “¿Cómo?”. “Sí, la FEA: Fuerte Experiencia Apostólica”.

 · El mismo superior para animarme a mí, porque me veía muy afectado, me citaba un texto de San Antonio María Claret, recogido en las Constituciones: “si salvar un alma es tan importante, cuánto más importante será formar misioneros que un día, esparcidos por el mundo, salvarán muchas almas”. Así que durante 13 años fui misionero formando misioneros.

 · En enero de 1992 mis hermanos claretianos de la Provincia de Castilla me eligieron Superior Provincial. Renuncie pero no me aceptaron la renuncia. Me querían de Superior Provincial.

 · Para animarme releí y medité lo que yo bien sabia, porque lo había explicado como formador, que las Constituciones de la Congregación indican a los Superiores que uno de sus deberes más importante es “dirigir e impulsar la comunidad a una intensa vida y actividad misionera”.

 · Se me pedía pues que viviera el servicio de autoridad que mis hermanos me encomendaban como un “servicio misionero”.

 · Y en esas estaba, durante tres años (1992-1995), cuando sorpresivamente el Sr. Nuncio de Su Santidad en España me llamó para comunicarme que el Papa Juan Pablo II me había nombrado obispo de San Pedro Sula.

 · Me resistí, puse objeción tras objeción pero no me sirvió de nada. El Sr. Nuncio para ablandarme me tocó la fibra misionera:

o Usted es misionero, como antes lo envió su superior a San Pedro Sula, ahora es el Papa quien lo envía.

o Usted dice que su corazón es misionero por eso el Papa le envía a una diócesis misionera.

o Usted es claretiano, su Fundador fue un misionero obispo o un obispo misionero.

 · A pesar de estos argumentos le pedí unos días para pensar, consultar, orar y decidir. No debía resistirme; el Señor, por medio de la Iglesia, me quería misionero obispo.

 · Empezaba una nueva forma de ser misionero claretiano, misionero en el ejercicio del ministerio episcopal. Y de esto hace ya 23 años.

 · Y ¿en estos 23 años he sido un “obispo misionero”? Me respondo a mí mismo diciendo que así entiendo y siento el episcopado, que así he querido ser y que esta es la improntan que he querido marcar en la diócesis.

 · Misionero porque estoy acá como “enviado”. No me he autoelegido y autodenominado obispo, como algunos pastores que se autoconstituyen “apóstoles”. Fui nombrado obispo de San Pedro Sula y enviado como tal por el Papa Juan Pablo II. A través de la mediación eclesial del Papa era el Señor Jesucristo quien me “estaba enviando”, me constituía obispo misionero.

 · Misionero porque me he encarnado donde he sido enviado. Ser enviado implica dejar lugar, personas, costumbres, cultura para zambullirse del todo en el nuevo lugar, en las nuevas relaciones, en la nueva cultura. Yo me siento “encarnado” entre ustedes, metido en los “zapatos hondureños”, mejor, en los caites hondureños. Yo conocí en mi pueblo los caites, solo que allá los llamábamos “abarcas”. Amo esta tierra, amo esta iglesia, los amo a ustedes.

 · Misionero porque no quiero replegarme en el puerto seguro por miedo o rutina sino que quiero ir “más allá”, siempre más allá, en misión permanente, de lo más evangelizado a lo menos evangelizado, de los más cercanos a los más alejados, de los ambientes más impregnados de evangelio a los más refractarios.

 · El acontecimiento – documento de Aparecida y el Papa Francisco me han confirmado y renovado en esta opción. Me preparé para a Conferencia General de Aparecida, participé activamente en ella y salí dispuesto a vivir y difundir su espíritu y su letra. Puse tanto empeño, que en cierta ocasión una religiosa les comentó a otras hermanas: Ahí viene el “aparecido”.

 · Y con el Papa Francisco me digo y repito: “tienes que ser un obispo en salida, no en repliegue”; “tienes que animar una diócesis en salida no en encerramiento”.

 · Misionero porque he hecho lo que el Señor Jesús hizo inmediatamente después de comenzar el anuncio del Reino de Dios, llamar a otros. Me encontré con muy pocos sacerdotes hondureños y quise ser yo el primer promotor y animador vocacional, motivando y organizando la pastoral vocacional en la diócesis con sacerdotes, religiosas y fieles laicos que vivieran su vocación convirtiéndose en “convocantes”, respondieran a su llamada haciéndose ellos mismos “llamadores” de otros.

 · Desde el principio quise que aumentaran el número de congregaciones religiosas femeninas en la diócesis. Yo soy religioso y aprecio, estimo y apoyo a la vida religiosa. Hoy tenemos 34 comunidades y 153 religiosas.

 · ¿Y cómo olvidarse de ustedes, los laicos? ¿Qué sería la diócesis de San Pedro Sula sin sus laicos? ¿Qué seria sin delegados, catequistas, animadores de comunidades, agentes de pastoral social, etc, etc? Por eso he querido ser obispo misionero suscitando y formando agentes laicos de pastoral e implicándolos en la planificación, realización y evaluación de la vida y misión de la diócesis.

 · Misionero porque, al igual que mi Fundador San Antonio María Claret, siento como dirigidas a mí las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha ungido para evangelizar a los pobres”. Palabras que Jesús se aplicó a sí mismo en Nazaret. El llamado a anunciar el evangelio a los pobres ha resonado muy fuerte en mi experiencia vocacional. Si me piden que resuma en pocas palabras vivencia espiritual me quedo con estas dos: Dios y los pobres.

 · Miro a Jesús pobre y al servicio de los pobres, para que tengan vida y me digo a mi mismo que como Él tengo que ser y hacer yo. Ciertamente no me faltan las cosas materiales necesarias. Tengo casa, comida, ropa, libros y trabajo. Pero vivo sobriamente y sin exigencias. Posesiones propias no tengo. Ni siquiera el carro que yo manejo es mío. Es de la diócesis de San Pedro Sula y a nombre de ella está. ¡Y va a cumplir 15 años! Como ciudadano español disfruto de una jubilación que, aunque es pequeña, para mí, mayor, sin mujer y sin hijos será una ayuda suficiente cuando en los próximos años la necesite.

 · Como misionero, al estilo de Jesús, tengo un corazón universal, para todos, pero desde los pobres. Es muy importante el lugar desde el que contemplamos la realidad. La realidad de los pobres en Honduras siempre me impacta y conmueve, aunque reconozco que me acecha la tentación de acostumbrarme, de endurecer el corazón y perder sensibilidad.

 · Ya he compartido con ustedes algo de mi vida en clave misionera. Al dar un testimonio y tener que hablar uno de sí mismo siempre existe el peligro de poner el “yo” en primera plana y ceder sutilmente a la vanagloria. Les ruego, entonces, que no se queden en mí sino que lleguen a Aquel por cuya gracia soy lo que soy y he hecho lo que he hecho, Nuestro Señor Jesucristo. A Él el poder, el honor, la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos. Amen.

 

+ Ángel Garachana Pérez, CMF

Obispo de San Pedro Sula

Tomado de la “Cena de pan y vino”

7 – 1 – 2018